La biodiversidad no es simplemente algo que debamos proteger; es algo de lo que dependen nuestras vidas. No es algo ajeno a las empresas y la industria, ni que compita con ellas. Es la base sobre la que se asientan nuestras economías.
Casi la totalidad del producto interno bruto (PIB) mundial depende, en mayor o menor grado, de la naturaleza y de los servicios que esta proporciona, como la polinización. Más de la mitad de la economía depende en gran medida o, al menos moderadamente, de la naturaleza.
Esa base se ve sometida a una presión cada vez mayor. Más de un millón de especies están en peligro de extinción y el tamaño medio de las poblaciones de flora y fauna silvestres que son objeto de seguimiento se han reducido en más de un 70 % en los últimos 50 años. Las consecuencias no se limitan a los bosques, los ríos o el océano. Pueden traducirse en una menor productividad agrícola, una mayor inseguridad alimentaria, una presión creciente sobre los recursos hídricos y riesgos cada vez mayores para las comunidades y las empresas que dependen de ecosistemas saludables.
Para millones de personas, esa dependencia es muy directa. Más de 1.600 millones de personas dependen de los bosques para su subsistencia, empleo o ingresos, en tanto que la pesca y la acuicultura sustentan más de 600 millones de medios de vida en todo el mundo.
En 2022, casi 200 países aprobaron el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, en el que se establecieron 23 ambiciosas metas para 2030. Entre ellos, conservar al menos un 30 % de las zonas terrestres y de aguas continentales y un 30 % de las zonas marinas y costeras del mundo, y reducir o reformar los subsidios y otros incentivos perjudiciales para la diversidad biológica en al menos 500.000 millones de dólares al año.
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica, COP17, que se celebra en Ereván (Armenia) del 19 al 30 de octubre, ofrece una oportunidad fundamental para hacer un balance de lo ocurrido desde que se asumieron esos compromisos. Por primera vez, los países están llevando a cabo un análisis global de los avances en la aplicación del Marco.
Los debates abarcan desde la financiación de la biodiversidad y el apoyo a su aplicación hasta la restauración de los ecosistemas, las zonas protegidas, el seguimiento de los avances y el reparto equitativo de los beneficios derivados de los recursos genéticos. La Conferencia también promueve el papel de los pueblos indígenas y las comunidades locales, alienta a los países a integrar la biodiversidad en todos los sectores y fortalece los vínculos entre la biodiversidad, el clima y el desarrollo sostenible.
Las negociaciones se centran en una cuestión práctica: ¿cómo se traducen los compromisos internacionales en decisiones que cambien lo que sucede sobre el terreno?
La financiación es una parte importante de la respuesta. El Marco exige que, para 2030, se destinen al menos 200.000 millones de dólares al año a la biodiversidad. Alcanzar ese objetivo requiere una combinación de financiación internacional, recursos nacionales y capital privado, así como planes nacionales que determinen dónde se necesita el dinero y cómo se puede movilizar.
Algunos países ya están poniendo a prueba cómo llevar esto a la práctica. En Marruecos, una inversión de 350 millones de dólares en la economía azul apoya la restauración de los ecosistemas marinos y costeros y la recuperación sostenible de los recursos pesqueros. En Tailandia, una tasa de menos de 1 dólar para visitantes a la isla de Koh Tao genera fondos para la protección de los ecosistemas marinos.
Estos ejemplos forman parte de una toma de conciencia más amplia: la naturaleza puede ser parte de nuestras estrategias de crecimiento económico, empleo y resiliencia, en lugar de ser algo que solo se protege una vez tomadas las decisiones económicas.
El potencial es enorme. Un análisis de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) estima que la transición hacia una economía que contribuya a la restauración de la naturaleza podría generar 10 billones de dólares en oportunidades empresariales y sustentar hasta 395 millones de puestos de trabajo para 2030.
El PNUD ayuda a los países a incorporar esta perspectiva en las decisiones económicas que configuran el desarrollo. A través del Compromiso del PNUD por la naturaleza, respalda la mayor cartera de proyectos sobre naturaleza y biodiversidad del sistema de las Naciones Unidas, ayudando a los países a plasmar el Marco Mundial de Biodiversidad en acciones concretas, entre otras cosas, mediante sus Estrategias y Planes de Acción Nacionales en materia de Biodiversidad (EPANB). En 2025, el PNUD prestó apoyo a proyectos en 145 países, movilizando 3.900 millones de dólares, incluidos 14.000 millones de dólares en cofinanciación. A través de la iniciativa BIOFIN, también ayuda a los países a evaluar la financiación destinada a la biodiversidad, reformar los incentivos perjudiciales e identificar nuevas formas de financiar sus aspiraciones.
El objetivo es integrar la naturaleza en las decisiones que determinan el funcionamiento de las economías, desde los presupuestos públicos y los sistemas financieros hasta la agricultura, el turismo, la gestión de los recursos naturales y la planificación del desarrollo.
Se trata de uno de los retos que afrontan los países en la COP17. Para llevar los compromisos a la práctica, es necesario que los países midan los avances, identifiquen las deficiencias que aún persisten y decidan dónde pueden tener mayor impacto los recursos.
Invertir en la biodiversidad no consiste solo en proteger el planeta. Consiste también en proteger a las personas cuyas vidas y medios de subsistencia dependen de ella y en construir economías más resilientes ante los retos que se avecinan.